28.5.07

Un millón trescientos cuarenta y tres

Jamás había viajado solo. Siempre con su padres, amigos o con Elisa. El recuerdo de Elisa lo conmovía hasta las lágrimas. Ya habían pasado dos meses desde el fallecimiento. Puso música para aliviar el camino hacia Montecarlo. A los pocos minutos divisó el cartel que le daba bienvenida a la ciudad y cerca de allí encontró el hotel.
Era un hotel medianamente lujoso. Se acercó al mostrador y un amable empleado le dio las llaves de la habitación. Desarmó las valijas y se recostó sobre la cama matrimonial.
Estiró los brazos y sintió el vacío que provocaba ese lado desocupado. Se le asomaron las lágrimas. Las enjuagó con la manga de la camisa y se paró.
- Esta noche no voy a dormir solo- Agarró la bolsa que estaba escondida en el fondo de la maleta donde guardaba el dinero que había juntado para ese viaje. Mil doscientos treinta y tres euros, contados una y otra vez. La metió dentro del pantalón y salió de vuelta al vestíbulo del hotel. Preguntó al amable empleado donde estaba el famoso casino de la ciudad. Le dijo que eran unas quince cuadras, siguiendo derecho, después de cruzar el puente. Agradeció y tomó el auto.
Llegó al imponente edificio, dio una propina al chico que estacionaba los autos y entró. Sacó la bolsa con el dinero y se acercó a la única caja que estaba vacía. Puso todo el dinero sobre la superficie de mármol y dijo que quería todo el dinero en fichas. Metió las fichas en la misma bolsa y se desplazó entre las máquinas. En las pocas veces que había ido a un casino no había ganado más que lo que tenía para apostar. Pero tenía una extraña sensación. Una buena sensación. Llegó a la primera tragamonedas que encontró y puso una ficha de veinticinco como indicaba el pequeño cartel. Bajó la palanca y sacó el premio mayor. Así fue en la gran mayoría de las veces jugadas. Después de un par de horas decidió irse. Se levantó de la silla pero le costaba caminar. Tenía la bolsa y los bolsillos repletos de fichas. Se acercó otra vez a las cajas y empezó de a poco a desalojar la ropa de fichas.
-Parece que tuvimos suerte – El cajero puso las fichas en la máquina que las cuenta
-Si, eso parece- Estaba impaciente por saber la cantidad de dinero que había ganado y porque al fin se lo dieran
- Un millón trescientos cuarenta y tres euros – El cajero parecía muy sorprendido. Miraba todo el tiempo la máquina intentando descubrir un error en la lectura.
- Si, parece que tuvimos suerte- Empezó a colocar ordenadamente el dinero en la bolsa. Hacía tiempo que no estaba tan contento. Debía ser una mezcla del sentimiento de alegría con las bebidas de las que las bellas camareras repartían entre los jugadores.
Salió del casino y camino hacia el auto. Se sentó en el asiento del conductor y puso el dinero en el lugar que habitualmente había ocupado Elisa. Él sabía que ella sabría que hacer con el dinero. Ella siempre lo había ayudado a ordenarse, a pagar sus cuentas, a invertir. Era un ama de casa ejemplar. Una mujer ejemplar. Correcta, amable, comprensiva. Se enjuagó los ojos. Estaba sobre el puente.
- No, esta noche no voy a dormir solo – Giró el volante hacia la derecha y se tiró al agua.
Ahora está durmiendo con Elisa.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Che Joel, eso está muy bueno.
En serio.
Estaría mejor con mostaza, de todas formas.




Me debés una tarde de La Niñera y MUCHA COMIDA y chismes picantes.
...si no tuviera todos los casettes arruinados por el humo

METAAAAAAAAAAL!!!!!!!!